Elucubraciones ajenas a la luz de una vela dormida

Estoy solo, agotado.
El mundo se deshace bajo el fango
de una ilusión macabra y desgastada.
Seguí el sendero que me marcó la lluvia
buscando eso que llaman identidad.
No encontré sino barro
que se convertía en polvo,
y no podía ya ni mantenerme
en pie.
Esbocé tu sonrisa
en mi mente pisoteada, pero las huellas
de la incertidumbre supieron adelantar mi camino.
¿Quién eres?, susurró el viento
en una bofetada de aire.
No supe responder...


A mi paso,
las urracas picoteaban
las plumas deshojadas de un cuervo muerto,
y -bajo la tormenta- los perros se alimentaban
del último aliento de un viejo lobo.
Llegué a un cruce
y aquella sonrisa que hube soñado
encontró mi tristeza.
Pareció salir el sol,
y, aunque temía a tu riente boca,
tus ojos compartían una inquietud
parecida a la de aquel lobo,
a la del cuervo muerto,
y a la mía.
Decidió mi mano,
entonces, acariciar la tuya.
Y ya no estaba solo,
y tú te divertías.
Y yo me enamoré de ti,
y volvió la tormenta... 

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