El zorrito y el lobito gris


El sol de la mañana oscureció con la mirada melancólica de un halcón perdido en los bosques, que resoplaron con fuerza para luego quedar en silencio en un hueco retumbar lejano.
I
–¡Sasha! ¡Sasha! –resonó de entre los bosques. El caballo bajó la colina por el camino bordeando las rocas. El frío del ambiente se calaba hasta los huesos y la humedad entumecía la respiración del joven que arreaba al animal con fuerza–. ¡Sasha! –voceaba sin parar con el eco como única respuesta.
Las montañas resonaron con el relincho del caballo que sudaba por el miedo. «Sasha» seguía oyéndose en un desvanecimiento por la rivera del helado riachuelo que serpenteaba en un claro. El viento se paró al instante, sólo se podía sentir el corazón desbocado del potro a medio domesticar. De repente, retumbó en el pecho del jinete un estruendo. La niebla del río abrazó al joven que cayó desde su montura a los cantos rodados mecidos por las frías aguas del río. El caballo huyó asustado tras cocear al aire.
Herido, el joven sangraba en el hombro. El Cielo estaba cubierto y lanzaba a los ojos del jinete caído una luminosidad perturbadora.
–Estoy sangrando –advirtió en una súplica llevándose la mano a la herida–. ¿Qué has hecho?
–Me has mentido –expresó, al fin, Sasha.
–No, eso no es cierto.
–Me prometiste que estaríamos juntos para siempre y me abandonaste. ¿Por qué has regresado?
El gruñido de un oso enorme hizo temblar los robles de 30 verstas a la redonda y más de cien cuervos volaron espantados aun cuando amenazaba la lluvia.
–Sasha, todos estamos asustados. Por favor, suelta la escopeta y ayúdame… he venido por ti.
–¡Mientes! –volvió a apuntarle con el arma.
La tormenta agitaba las oscuras nubes y sobrevolaba las cumbres de aquellos lares; los relámpagos comenzaron a tronar. El odio sacudía fuertemente la respiración de Sasha que aferraba hirientemente el gatillo. La lluvia corría por su frente como así lo hacían las lágrimas de sus ojos por sus mejillas. Y, en un instante tan eterno como el tiempo, expiró una década, años enteros repletos de tranquilidad y Naturaleza viva y fértil. Murieron las ilusiones de toda una generación henchida de sueños y esperanzas. El lobo devoró al zorro y la agonía se apoderó de las montañas.






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